Las diferentes terapias que recibimos constituyen un campo que va actualizándose constantemente, con iniciativas y recursos nuevos dirigidos a la mejora del paciente. Una de estas iniciativas que se están afianzando es la basada en la interacción (y el vínculo) entre una persona y un animal, por ejemplo gatos, aunque también otros como caballos, perros, animales salvajes, de granja…

Las intervenciones asistidas por animales pueden ser útiles en casos de dependencia funcional (ayudan a trabajar el movimiento y la estimulación sensorial), alteraciones psiquiátricas (reducen la ansiedad, potencian la autoestima…), abusos (ayudan a normalizar el contacto físico) o trastornos, como el autismo o el trastorno por déficit de atención con hiperactividad (TDAH). En concreto en los niños favorece su sociabilidad y su empatía, y hay estudios que afirman una mejora biológica en los ancianos: reduce su presión arterial y mejora la recuperación de problemas coronarios. No son sustitutivos de terapias clínicas, pero sí son un complemento eficaz.

 

¿Cómo ayuda un gato en estas terapias?

Aunque cada gato es un mundo, muchos de ellos son pacientes y tranquilos. Tienen su propio espacio y se acercan sin avasallar. Son perfectos para niños con autismo que no suelen interaccionar con los demás. La presencia de una mascota en casa les ayuda a abrirse poco a poco al resto del mundo y favorece acciones básicas como sonreir o mirar a la cara, tal y como demostró un estudio realizado con 99 niños en 2013. Le ayuda a practicar y entender las situaciones que se dan en su mundo social.

Una experiencia especialmente emotiva entre gatos y niños autistas se produjo entre el gato Clover y Richard, un pequeño de 4 años. Su padre sufrió la pérdida de su mujer y se encontró solo con dos niños pequeños, uno de ellos autista, que no hablaba ni se relacionaba.

Un día encontraron un gato abandonado, Clover, y lo llevó a casa. Al poco tiempo descubrió a su hijo pequeño hablando con Clover. El niño sí tenía lenguaje, simplemente no lo utilizaba con las personas.

Richard llegó a comentar a su padre “Los gatos son como yo. Lo miran todo y piensan en ello cuando todo el mundo cree que no están prestando atención. Y sólo hablan cuando tienen algo que decir”.

Algo parecido ocurrió entre Iris, una niña inglesa de 5 años, y Thula, una Maine Coon. Iris tampoco hablaba con nadie ni se comunicaba. Cuando Thula llegó a la casa, Iris empezó a comunicarse a través de pinturas y se hizo amiga inseparable de la gata. Sale con ella a montar en bici, pasear, duerme con ella…

Aunque los niños con autismo suelen tolerar mal los cambios en sus rutinas, la llegada a la casa de una mascota bien elegida no parece suponerles un trastorno y les ayuda a participar en la vida familiar. Y si se encuentra un gato con cualidades tan especiales como las de Clover se pueden producir grandes mejoras en el ámbito social.

Algunas fuentes para empezar a investigar sobre el tema, Medicaldaily o en español, Terapias y animales.